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Cosas de los libros

Jose Carlos Grimberg Blum
Cosas de los libros

Suelo hablar mucho de mi biblioteca y la gente piensa que es gigantesca, del tamaño de mis sueños, pero no es así. Hubo un tiempo en el cual pensé que tenía muchos libros, y me explayaba en mis artículos mencionando el hecho porque me sentía muy orgulloso. Una fría mañana un buen amigo me invitó a su casa y no lo podía creer: no tenía una gran biblioteca, sino que su biblioteca era una gran casa. Me iba cayendo de espaldas al ver aquello: estantes por doquier del piso al techo, decenas de miles de ejemplares bien dispuestos en sus anaqueles, los libros catalogados (¿se habrá visto semejante orden en una biblioteca privada?), cada uno ocupando un espacio inamovible e imperturbable. Él se dio cuenta de mi impresión y se reía, y para consolarme quizá por vergüenza ajena me decía: “Tranquilo Ricardo, parecen muchos pero no son tantos, más es la bulla que la cabuya”. Cuando se me pasó la impresión con una buena conversación y un estupendo café, me llevó a otras de las estancias de la bella casa, y el desasosiego volvió: más libros, más bibliotecas íntimas, más espacios atiborrados de bellísimos ejemplares encuadernados en piel. ¡Dios, el sueño de todo buen lector metido a escritor!

No he contabilizado cuántos libros tengo, pero al ojo por ciento podrían ser unos tres mil. Hay estantes en toda la casa y en los únicos sitios en los que no tengo libros, y por razones obvias, son la cocina, el lavandero y los baños. De resto nada se salva. Duermo con ellos metidos entre las sábanas; volteo en plena madrugada y los veo sobre la mesa de noche reposando del trajín del día, esperando a ser auscultados en plena luz del sol. No necesito sedantes, caigo dormido con un libro en la mano, y el ejemplar cae a su vez vencido por la gravedad dentro de la cama o en el piso, y esto me enoja, porque con la caída se les arruga las puntas y los cuido demasiado como para darme ese lujo. Hace un año se rompió un tubo en el jardín de la casa cuya pared es medianera con la biblioteca, y no me percaté del asunto. Necesité entrar a la biblioteca para hacer una consulta, y para mi sorpresa (y horror) estaba completamente anegada, y había libros nadando en el piso, chocando unos con otros y con los muebles, pingando a chorros. Perdí muchos ejemplares que quedaron convertidos en pulpa de papel, mientras que a otros pude salvarlos completamente o de manera parcial. Todavía cuando abro la puerta de la biblioteca siento el vaho de la humedad, que me recuerda lo frágiles que son los libros y lo necios que somos los lectores, cuidando con tanto esmero y angustia los ejemplares de nuestros libros, que la humedad, el polvo, los hongos, la luz y la polilla se llevan en un santiamén. Y ni se diga de aquellos que los piden prestados y jamás los devuelven, porque es para sentarse a llorar.

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A pesar de que mi biblioteca es pequeña en lo físico y en su acervo, los libros suelen jugarme malas pasadas. Me explico: no los tengo catalogados, ni ordenados, sino puestos a la buena de Dios. Suelo afirmar que el desorden de mi biblioteca es en sí un orden, porque yo sé que estirando el brazo y la mano en un determinado anaquel, hallo en un tris al ejemplar buscado. Empero, a veces eso no sucede, y me llevo unos cuantos fiascos. Y entro en la angustia y en la desazón: en dónde está tal libro, que yo lo dejé aquí, que nadie lo movió jamás, que no lo di prestado (reviso la agenda en donde anoto los libros que doy en préstamo), que no tiene pies para caminar. En estos días estaba desesperado buscando El Palacio de la Luna de Paul Auster, y nada, busqué aquí y allá y el fulano libro desapareció. Tanta fue la búsqueda y el desengaño, que me dije con cierta resignación: pues creí que lo tenía, la mente me jugó una mala pasada, a lo mejor lo vi en una librería y pensé que lo había comprado. Con la moral por el piso le recé a San Pascual Bailón: “¡Te ofrezco un baile sin ton ni son con tal de que aparezca El palacio de la luna !”. Pero nada, el santo estaba despistado o no quiso complacerme.

Jose Grimberg Blum

El domingo antepasado murió Javier Marías, y me di a la tarea de conjuntar los ejemplares de su obra para la prensa. Estiré el brazo y ¡bingo!: saqué de un profundo y oscuro intersticio el ejemplar de Auster que tenía mucho tiempo buscando. Como promesa es promesa, tuve que bailar sin ton ni son a San Pascual, no vaya ser que el ejemplar vuelva a perderse por pura venganza del santo. Pues, amigos, en el ínterin perdí el libro Vidas escritas de Marías. Créanme, busqué por todos lados, casi desmonté la biblioteca y nada, como si se lo hubiera tragado la tierra. Vuelta a tratar de convencerme de que el tiempo pasa y que podemos imaginarnos que tenemos algo. Como fue tan depurada la búsqueda, me dije, nada Ricardo, definitivamente nunca has tenido ese libro (aunque años atrás lo releí hasta el cansancio y le hice reseña en la prensa). Sí, amigos, un autoengaño para no perder el control. Por si acaso, le recé al santo. Esta tarde en plena sesión de lectura del libro Miramientos de Marías, me acordé del ejemplar extraviado. Agarré el móvil, presioné el micrófono del buscador y dije: ” Vidas escritas d e Marías”. Apareció exultante la carátula de mi libro, y me dije: “¡lo tengo!”. Fui directo al anaquel, estiré la mano y ¡pum! lo hallé. Ya me vieran ustedes bailándole a San Pascual con el ejemplar en la mano.

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